Parche

“Dolor”

Ellos sabían tenían que salir. El espacio se estrechaba, e intuían algo estaba por cambiar en breve. Su madre, pese a haberlo planificarlo todo, no se imaginaba el futuro tan oscuro que les acechaba.

Los gemelos estaban ya inquietos, queriendo conocer el mundo exterior. Un brazo que toca una espada por aquí, una cabeza que topa con un pié y una mano que acaricia cara ajena; así estaban,  moviéndose con dificultades y cada vez  más atentos a los ruidos del exterior. El exterior ya les atraía, animándoles a salir.

Maria Carbonell y Howard, su esposo, partieron de Barcelona hacia el sur. La idea de María era ir sin prisas y con todo el tiempo del mundo, haciendo paradas por el camino y visitando pueblos con encanto.

Ella tenía ilusión por  acercar a Howard a la cultura mediterránea, a su infancia, tradiciones, gastronomía y todas las sensaciones que la habían hecho como era.

Estaba convencida que España era un buen lugar donde criar a sus hijos y le había hablado mucho a Howard de los platos típicos de cocina, las tradiciones regionales y su feliz infancia. El entrañable recuerdo que tenía de sus abuelos le acompañaba siempre.

Ella misma había hablado tanto a Howard de su tierra que encendió y alimentó  la ilusión que podrían dejar todo para vivir en Valencia, Madrid o Barcelona. Eran su ciudades preferidas.

En contraste, en la fría estepa, ellos hablaban inglés todo el día. Las jornadas laborales eran monótonas y eternas. Los ratos de ocio eran la válvula de escape y en ese entorno frío y melancólico a Howard le hacía gracia oír el acento Español ya que le transmitía calidez y cercanía.

Él le pedía a María muchas veces que le hablase en Español, a lo que ella accedía encantada. Howard lo usaba también como excusa, para estar con María. Ella le encantaba y de hecho  se enamoró platónicamente tan pronto la vio el primer día.

Poco a poco, se fueron gustando y se dieron cuenta que no se parecían demasiado, pero el carácter alegre y extrovertido de María se complementaba muy bien con la seriedad de Howard. Digamos que ambos, se equilibravan y se divertían juntos. Se picaban por momentos, pero se lo pasaban bien juntos y eso les unía mucho.

Para salir de la base, donde prestaban sus servicios, ellos los hacían siempre en avión. Era el único medio viable. El primer tramo en esos desplazamientos era en un pequeño aeroplano blanco de hélices cromadas. El vehículo que tenía capacidad para un total de 12 personas aterrizaba y despegaba provisto de un sistema dual de patines de nieve y pequeñas ruedas. Con ese aeroplano, cubrían siempre el primer tramo en su desplazamiento y terminaba en un aeropuerto más grande. El aeropuerto que hacía de puente variaba según la ocasión, y el trayecto inicial era de entre 3 y 5 horas.

El ritual de partida, se repetía cada 6-7 meses, sin planificación ni previo aviso. Una expedición que ya vivían como algo rutinario y carente de emoción, al contrario de como suelen ser los viajes en avión. Prácticamente solo tenían tiempo para tomar una pequeña maleta de mano, pues les avisaban de la inminente partida cuando llegaba el avión.

El piloto siempre era distinto, y tenían prohibido conversar con él.  Prácticamente se limitaban a saludarle e intercambiar  miradas, cuando entraban y salían del avión. Ni segundo piloto, ni personal de vuelo. Era todo sencillo pero también discreto.

¿Hacia donde iban? Eso solo lo sabía el piloto que seguía estrictamente el plan de vuelo impuesto. El punto de reunión, donde hacían sus informes, iba cambiando, aunque alguna vez repitieron. En él no estaban mucho tiempo, apenas 20 horas. Gran parte de ese tiempo lo pasaban repasando para entrega sus informes, contestando preguntas sobre ellos mismos y sus compañeros. Cuestionarios en fríos formularios de papel mustio, como húmedos y manidos. Era desagradable dejar sus impresiones y sentimientos abandonados en esos formularios, sobre una austera mesa metálica, de una desangelada habitación. Era un seguimiento necesario, que tenían que asumir como parte del trabajo.

Las últimas horas las aprovechaban para descansar a solas, antes de iniciar la vuelta. Sin tiempo para el ocio, iniciaban su retorno cogiendo una nueva bolsa de ropa limpia y etiquetada  con su número de identificación. Esa ropa y un par de chocolatinas era todo el premio que obtenían del proceso de seguimiento. No compensaba en absoluto.

Pero todo era distinto ahora, la luz les envolvía, y allí estaban bromeando y estudiando juntos sobre un mapa de carreteras, el como el ir desde Barcelona hasta Gibraltar.  Acostumbrados a sus viajes en avión, la distancia les pareció pequeña. Disponían además de un vehículo potente aunque no muy cómodo para María. Esta vez viajaban con una maleta extra, repleta de ropita y útiles de aseo para sus bebés.

Era una pareja con buenos recursos económicos y logísticos, con un trabajo especial, muy bien remunerado, que les tenía ahora en una buena posición.

Tomaron esa mañana, bien temprano, su potente Opel Manta GSI, y partieron de Barcelona rumbo al sur. Querían como primer plato, disfrutar de las playas de la Costa Dorada, después bajarían hacia Murcia desde donde se adentrarían en la península, para llegar a Granada, visitarían el interior de Málaga, después la señorial Sevilla y finalmente tomarian la directa hasta alcanzar su destino. Gibraltar.

En Gibraltar, les esperarían para una reunión rápida “de trabajo”. Esa reunión significaba su liberación laboral y el cierre de una importante etapa en sus vidas.

Sus hijos, antes de nacer ya habían forjado su destino común. Habían decidido por ellos el cese en se carrera militar y les acompañaban ahora a su renacer como familia, en la vida civil. Después, si Maria no podía disuadir a Howard, Estados Unidos de América les esperaba con los brazos abiertos. La idea era que los bebés vinieran al mundo en América y el ejercito se encargaría de ello. Un equipo médico de acompañamiento, unos buenos ahorros y un vuelo privado marcarían el fin de una importante etapa para ellos, siendo el punto de partida para una nueva familia y el reto que ello supone.

Ya en la autopista del Mediterráneo, dirección  sur, su potente Opel Manta empezó a demostrar su potencia. Howard pronto se empezó a animar.  110 kilómetros por hora y en ese vehículo apenas sentían la velocidad.

María se durmió. Últimamente se sentía pesada y aprovechaba para descansar siempre que podía. Se sentía cómoda y confiada con Howard al mando en esa autopista de cuatro carriles.

Él casi sin querer y siguiendo su instinto, se fue animando conforme se concentraba en la conducción. Tan se animó que al poco y sin querer evitarlo puso su máquina a volar;  230-235-240 kilómetros por hora, se veía con claridad en el marcador analógico de fondo blanco e indicadores rojos. La aguja se mostraba temblorosa en momentos puntuales.

El confiaba en su destreza. El coche el acompañaba y aquella extraordinaria pista poco transitada era el lugar ideal para quemar gasolina.

Pasada Valencia, María se despertó y de repente notó lo mal que se encontraba. Estaba muy  indispuesta. Le despertó el fuerte ruido de motor y al abrir los ojos le sorprendió la velocidad a la que iban. Se asustó muchísimo. Instintivamente levantó los brazos y le pidió a Howard moviéndolos de arriba a abajo, sin atreverse a mediar palabra, que bajase la velocidad.

Howard aminoró la marcha, mirando a María con una expresión socarrona. Como lo había disfrutado!, le encantó el exceso. Se sentía bien. Satisfecho.

Rápido le cambió la cara cuando vio a María angustiada, enfadada con él y con ganas de bajar presionado su barriga con la mano abierta y asiendo la puerta con fuerza.

Apenas a dos kilómetros, siguiendo la indicaciones, entraron en un área de descanso. Ella pudo bajar, sentir el aire nuevo, e ir al WC. Todo junto le alivió en gran parte, pero seguía sintiéndose pesada y aún enfadada con Howard.

En contraste con los últimos días, a María no le apetecía comer nada. Estaba pesada, sentía el vientre inflado y presión en el estómago. Howard se adentró en el bar, y volvió a la mesa con un descomunal almuerzo en la bandeja. Ella le miró, negando y resoplando, a lo que Howard respondió con una sonrisa y tintineo de cabeza. Acto seguido, le adelantó un vaso y una botella de agua a María y no medió palabra hasta lo devoró todo. En ese punto, no podía haber dos personas tan cerca pero con estados de ánimo tan dispares.

Acordaron que ya no irían a la playa, dejando de lado todos los planes turísticos y que se centrarían en ir lo más directos posible a Gibraltar.

Volvieron al coche, María tomó aire y reclinó el asiento hasta llegar al tope.

Los caballos de potencia volvieron a rugir en el carril de incorporación a la autopista.

No corras cariño, dijo María.

– Tranquila, duerme. Respondió Howard.

El ruido del motor, actuó de relajante para María.

Howard iba a buen ritmo por autopista, pero en la parada había consultado el mapa de carreteras, y ahora que María estaba dormida decidió que seguiría por carreteras secundarias. Pensó era lo mejor, ya que pasando por la parte norte de la sierra de Cazorla acortaría en distancia un buen tramo del trayecto. No conocía las carreteras por las que tenía que pasar, pero sobre papel su plan era muy buena idea. Dejó pues la autopista tomando una carretera comarcal.

En esa carretera, conducir con su Manta, era aún mejor que por la autopista. !Como se agarraba en las curvas!, que bien respondía al gas y al freno. Howard no conducía el coche, lo pilotaba. Apenas se fijaba en las señales, pues tenía que estar atento a las curvas de la pista y ello parecía suficiente. El motor rugía y su corazón se ponía a 100.

Leyó de refilón, “Canals”,  en un pequeño letrero informativo. Las casas del pueblo no las vio por ningún lado. !Menuda carretera!. Tan recta como los mejores tramos de autopista, y con unos cambios de rasante espectacularmente largos.  Pasado el cartel que anunciaba la población, unos cuantos cambios de rasante. Pudo contar uno, dos y tres cambios de rasante. La velocidad del coche les levantaba levemente de sus asientos, aunque María ni se enteraba ya que continuaba dormida.

Esa sensación de ingravidez era agradable y divertida. Era como unas cosquillas en el vientre. Uuuuuuuooooooo! soltaba Howard en voz baja.

De repente y a toda velocidad un fuerte estallido despertó nuevamente a María. Le pareció un disparo. No era un disparo, pero sonó igual. Un fortuito pinchazo, por efecto de la velocidad, se convirtió en un estruendoso reventón, a más de 160 km/h.

A María, el estruendo le trajo rápidamente a la cabeza el primer susto al despertar y esta segunda vez desató su cólera. Mientras Howard, ya asustado, intentaba controlar el vehículo, María se estremeció, tomó aire y comenzó a gritar, maldiciendo con todas sus fuerzas lo que le salió del alma:  “Mierda de coche!”, “Maldito  coche!”, “HOWARD! LA MADRE QUE ME PARIOOOOOOOO”…

El ultimo grito dejó a Howard bloqueado, en ese momento, casi instantáneamente, su flamante deportivo rozó el lateral de un Seat 131, que circulaba en dirección contraria.

María ya con los ojos cerrados y un pié apalancado en el salpicadero, escuchó durante un eterno segundo el ruido de un gran derrape. Al derrape de siguió un crujido en su cuello y mucha presión en el vientre. Dede repente, sintió un gran dolor. Frío como una puñalada.
Apenas pudo abrir sus ojos. Notó habían volcado. Ella no podía ver apenas nada pese tener los ojos bien abiertos. Tenía vaya metálica, alargada y gris aplastando su ventana.

Sentía su cara mojada, ausencia total de ruido, y el peso de la mano de Howard sobre su muslo. Eso es lo último que María vivió, antes de perder los sentidos.

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Sigue leyendo >>  Capítulo 3 :: Esperanza

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