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“ESPERANZA”

Los dos quedaron atrapados en vehículo. Cuando Howard abrió sus ojos, vió a María con la cara ensangrentada. A él le dolía todo cuerpo, como si le hubiesen molido a palos.

“María! María!”, gritó con fuerza, Sin obtener respuesta.
Howard empezó a escuchar voces de alarma que llegaban desde la lejanía.
Las voces se acercaban.

Por suerte alguien había visto el accidente y venía corriendo para ayudarles.

– Ya estamos aquí. Dijo la persona que venía gritando desde lejos.

– Hemos oído el accidente desde la gasolinera y ahora mismo están pidiendo ayuda al pueblo, dijo una nueva voz, que les siguió alentando. Resistid!.
Provistos de una navaja, y en menos de un minuto, los dos empleados de la gasolinera Elf, que se afanaron en ayudarles, habían puesto a María a salvo a unos 10 metros del vehículo.

Se habían limitado a cortar el cinturón y tirar con cuidado de ella, hacia afuera. Por suerte no estaba atrapada y pese estar inconsciente les fue fácil, entre los dos, realizar la maniobra de salvamento. Era de manual. Incluso habían tratado de manera teórica la situación en el cursillo de seguridad de su trabajo. Uno de aquellos cursillos, que obliga la  normativa, y siempre parece que no servirá de nada.

Así que siguiendo la teoría aprendida, una vez alejada del vehículo extendieron a María en el suelo.  Estaba inconsciente. Alargaron uno de sus brazos y la volteraron para descansase lateralmente y con la cabeza apoyada en su propio hombro.

Respiraba. Eso de momento les tranquilizó.

No tardarón en volver al vehículo para socorrer a Howard, que se veía consciente y aparentemente sereno. Estaba atrapado por un pié dentro del vehículo. Le había tranquilizado mucho ver como asistían a Maria y con que cuidado la manipularon para ponerla a salvo. Parecía llevasen toda la vida asistiendo a accidentados.

A Howard, le había llegado su turno.

Los rescatadores se acercaron a el sin perder tiempo. No medieron palabra entre ellos. El más fornido, asió a Howard por un hombro usando sus dos brazos. Se preparó para estirar, pero no lo hizo porque Howard con cara circunstancias, negaba con la cabeza.

– Algo me atrapa el pié, susurró con cara de dolor.

Su compañero, escualido pero fibroso, se introdujo por la puerta de María, extendiendo sus brazos hacia los pedales del vehículo. Después de unos segundos analizando la situación, impulsó con fuerza el pedal del acelerador y con la otra mano apretó el tacón de zapato hacia un lado. La maniobra liberó el zapato de Howard y toda la presión que sentía en su pié.

Instintivamente, Howard apoyó el otro pié con fuerza y tiró con la rodilla de la pierna atrapada hacia afuera. Tenía varios dedos del pie rotos, eso lo notaba. La adrenalina del accidente y las ganas de estar con María, le impulsaron hacia afuera. Se zafó de su vehículo, que había quedado destrozado, en el lateral de aquella carretera comarcal. Vió a lo lejos, más allá de la gasolinera el coche con el que se había rozado cuando perdió el control.  Estaba con las luces de emergencia encendidas. Se distinguía, en la lejanía, la silueta del conductor apoyado en su vehículo y aún bloqueado por la situación.

Howard se percató del montón de mandarinas que habían quedado en la carretera. El reguero de mandarinas se podía seguir con la mirada hasta donde estaba el Seat 131 con el que se había rozado a gran velocidad. Comprendió que  el golpe había abierto el maletero del vehículo y por eso estaba la carretera salpicada de bultos naranjas. El conductor del Seat 131 se dio la vuelta y apoyó las dos manos sobre su vehículo. Estaba angustiado.

Centrándose nuevamente en lo importante, se acercó todo lo rápido que pudo a María. Lo consiguió, aunque cojeando dolorosamente. Ella seguía inconsciente, con la cara ensangrentada. Aparentemente fuera de peligro. Respiraba lentamente, como dormida.

Es cuando Howard, ya al lado de María, empezó a sentir el dolor de sus heridas. El pié le avisaba que algo había mal y tenía pequeños cortes por todo el cuerpo. La situación era escandalosamente sangrienta.

Aunque estaban vivos, Howard estaba muy preocupado por María y los niños. Por dios! Los niños! Que había hecho!.

Un terrible sentimiento de culpa le estremeció, sus ojos se encharcaron instantáneamente.

Sin gimoteos, las lágrimas le caían con abundancia por su mejilla. Sangre y lágrimas. Las lágrimas escocian en la sus heridas, con lo que notaba perfectamente por donde bajaban.

La situación no podía ser para él más trágica y tensa. Los dos rescatadores estaban ahora blancos, viendo desde fuera la situación y aún sintiendo apenas una milésima del dolor de Howard, eso ya les bloqueaba.

Desdela lejanía, una empleada de Elf venia corriendo hacia ellos. La estación de servicio había quedado vacía al salir ella.

En el momento del accidente la estación de servicio estaba vacía y los tres empleados lo habían dejado todo para ayudar a los accidentados.

– Hola soy Arantxa!. ¿Estais todos bien?. He avisado por teléfono a la policía local de Canals y ellos han dicho que traen al médico del pueblo enseguida. Está todo cerca, vendrán enseguida!.

Efectivamente, no habían pasado ni cinco minutos y ya se escuchaba la sirena de emergencia en la distancia.

El médico, bajó con su maletín del coche patrulla y se apresuró en atender a atender a María que seguía inconsciente, en la misma posición de defensa en que la habían dejado sus rescatadores.

Lo primero que hizo fue tomarle el pulso.

– Sigue con vida, pero su pulso es débil, informó a los presentes.

– Esta mujer está embarazada e inconsciente. Ni aquí ni en mi dispensario de Canals podemos tratarla. La tenemos que trasladar urgentemente.

Así que el médico, con la mano de María entre las suyas, clavó la mirada en uno de los dos policías,  y con cara de preocupación, le dio instrucciones:

– Avisa por radio tus compañeros de Yecla. La llevamos al Hospitalet. Que preparen ya el quirófano y avisen a Matias, el cirujano y a una enfermera, por si hay que intervenir.

Metieron entre todos y con cuidado a María en el asiento de atrás, Howard tomó el asiendo del copiloto y el médico entro junto a María en la parte trasera del vehículo.

Un momento, dijo Howard dirigiéndose al policía que quedaba en el lugar del sinistro.

– Necesitamos una de las bolsas de viaje. Una estampada, que lleva las cosas de los niños.

Enseguida tenían la bolsa en el maletero del coche-patrulla, que activó las luces de emergencia. Sin sirenas emprendió con urgencia el camino hacia el Hopitalet de Yecla.

77 kilómetros de carretera comarcal, que en poco más de media hora salvaron a gran velocidad. Encendieron la sirena en varias ocasiones para avisar en cruces y adelantamientos. El resto de vehículos se apartaban rápidamente dejando vía libre con solo ver el destello de las luces.

Entrar en Yecla ya fue un pequeño alivio. María seguía respirando.

Solo un minuto más y ya subían la estrecha y empinada calle que les conducía a la puerta del Hospitalet. Llegaron al Hopitalet, que era además de maternidad, una iglesia.

Les esperaban.

Dos monjas salieron por una puerta, que abrieron luego de par en par. Acercaron con rapidez una camilla al vehículo, que apenas había parado el motor y estaba parado a solo un metro de la fachada del edificio. El policía y el médico tomaron a María en volandas, dejándola encima de la camilla a cargo de las monjas.

– Adentro ya!. Gritó el médico, a la vez que agitaba su mano marcando con insistencia el interior del edificio.

C o n t i n u a r á …

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